Homilía – 2º Domingo de Cuaresma

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

La fiesta de la Transfiguración nos muestra tres aspectos importantes de nuestra fe. En primer lugar, contemplamos el misterio trinitario: el Hijo transfigurado, la voz del Padre y el Espíritu Santo representado en la nube luminosa. En segundo lugar, en la aparición de los dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, en los cuales se representa la ley y los profetas, podemos ver la unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, ambos forman parte de una misma historia salvífica que tiene como epicentro el Dios encarnado, Jesús de Nazaret. En tercer lugar, la gloria que se refleja en la humanidad de Jesús es un preanuncio de su destino de gloria y del nuestro. La historia de salvación que llevan a cabo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en favor de toda la humanidad, tiene como objeto hacernos partícipes de la gloria eterna del Hijo, por eso, Él mismo afirmó: “entonces los justos brillaran como el sol en el Reino de su Padre”.

¿Cómo llegar a heredar esta gloria que Dios nos tiene reservada?… Nos lo dice nuestro Padre Dios: “Este es mi hijo amado, escuchadlo”. Escuchar la Palabra del Hijo nos acerca al misterio de Dios, nos revela el sentido de nuestra existencia. Las enseñanzas de Jesús, que llenan los cuatro Evangelios, son palabras de paz, de perdón y de amor que elevan nuestro espíritu y nos hacen vivir de una manera nueva. Son palabras para sacar lo mejor de nosotros mismos y crear una nueva humanidad capaz de vivir sin divisiones, sin odios, sin desigualdades, sin pobreza. Sí, es la utopía del Reino de Dios anunciado por Jesús, una utopía por la cual Él mismo dio su vida, una utopía que se hace posible con el don del Espíritu Santo derramado en nosotros. El misterio de la Transfiguración es una fiesta ―¡nuestra fiesta!― porque nos muestra el misterio de gloria que heredáramos juntamente con el Cristo Resucitado.